El Idioma Analítico de John Wilkins
(fragmentos del texto de
Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones)
He comprobado que
la decimocuarta edición de la Enciclopaedia
Britannica suprime el artículo sobre John Wilkins. Esa omisión es justa, si
recordamos la trivialidad del artículo (veinte renglones de meras
circunstancias biográficas: Wilkins nació en 1614 Wilkins murió en 1672,
Wilkins fue capellán de Carlos Luis principe palatino; Wilkins fue nombrado
rector de uno de los colegios de Oxford, Wilkins fue el primer secretario de la
Real Sociedad de Londres, etc.); es culpable, si consideramos la obra
especulativa de Wilkins. Este abundo en felices curiosidades: le interesaron la
teología, la criptografía, la música, la fabricación de colmenas transparentes,
el curso de un planeta invisible, la posibilidad de un viaje a la luna, la
posibilidad y los principios de un lenguaje mundial.
Todos, alguna
vez, hemos padecido esos debates inapelables en que una dama, con acopio de
interjecciones y de anacolutos, jura que la palabra luna es más (o menos)
expresiva que la palabra moon. Fuera
de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez mas apto para representar un objeto muy simple que
la palabra bisilábica luna, nada es posible contribuir a tales debates;
descontadas las palabras compuestas y las derivaciones, todos los idiomas del
mundo son igualmente inexpresivos. En el idioma universal que ideó Wilkins al
promediar el siglo XVII, cada palabra se define a si misma. Descartes, en una
epístola fechada en noviembre de 1629, ya había anotado que mediante el sistema
decimal de numeración, podemos aprender en un solo día a nombrar todas las
cantidades hasta el infinito y a escribirlas en un idioma nuevo que es el de
los guarismos; tambien había propuesto la formación de un idioma análogo,
general, que organizara y abarcara todos los pensamientos humanos. John
Wilkins, hacia 1664, acometió esa empresa.
Dividió el
universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias,
subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos
letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por
ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el
fuego; deba, una porción del elemento
del fuego, una llama. En el idioma análogo de Letellier (1850) a, quiere decir animal; ab, mamifero; abo, carnívoro; aboj,
felino; aboje, gato; abi, herbívoro abiv, equino; etc. En el de Bonifacio Sotos Ochando (1845), imaba, quiere decir edificio; imaca, serrallo; imafe, hospital; imafo,
lazareto; imarri, casa; imaru, quinta; imedo, poste; imede,
pilar; imego, suelo; imela, techo; imogo, ventana; bire,
encuadernador; birer, encuadernar
(debo este último censo a un libro impreso en Buenos Aires en 1886: El curso de la lengua universal, del
doctor Pedro Mata).
Las palabras del
idioma analítico de John Wilkins no son torpes símbolos arbitrarios; cada una
de las letras que las integran es significativa, como lo fueron las de la
Sagrada Escritura para los cabalistas. Ya definido el procedimiento de Wilkins,
falta examinar un problema de imposible o de dificil postergación: el valor de
la tabla cuadragesimal que es base del idioma. Consideremos la octava
categoría, la de las piedras. Wilkins las divide en comúnes (pedernal, cascajo,
pizarra), módicas (marmol, ambar, coral), preciosas (perla, ópalo),
transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda y arsenico). Casi
tan alarmante como la octava, es la novena categoría. Esta nos revela que los
metales pueden ser imperfectos (bermellon, azogue), artificiales (bronce,
laton), recrementicios (limaduras, herrumbre) y naturales (oro, estaño, cobre).
La belleza figura en la categoría decimosexta; es un pez vivíparo oblongo. Esas
ambiguedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz
Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio Celestial de Conocimientos Benévolos. En sus remotas
páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al
emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f)
fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificacion, (i) que se
agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de
pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de
lejos parecen moscas. El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el
caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262
corresponde al Papa; la 282, a la Iglesia Católica Romana; la 263, al Día del Señor;
la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al
brahmanismo, budismo, shintoismo y taoismo. No rehusa las subdivisiones
heterogéneas, verbigracia la 179: "Crueldad con los animales. Proteccion
de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral.
Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias".
He registrado las
arbitrariedades de Wilkins, del desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y
del Instituto Bibliográfico de Bruselas; notoriamente no hay clasificación del
universo que no sea arbitraria y conjetural. La razon es muy simple: no sabemos
que cosa es el universo.